Remembranzas macondianas de un inspector central de policía

En Chimichagua, Cesar, ofició como inspector central de policía un ciudadano del común que casi nada sabía de leyes, decretos y resoluciones, pero era práctico para resolver cada caso que le llegaba muy a menudo a su modesta oficina. Así lo hizo durante un largo periodo del año 1985, donde al final salió bien librado y sin ser enjuiciado por motivo alguno.

Tuvo un caso cuando llegó una madre de familia con sus dos hijos a denunciar a su compañero, un pescador del corregimiento de Sempegua, quien la había maltratado y causado heridas. Lo primero que hizo el funcionario fue ir al pueblo con la policía para detenerlo.

A los ocho días de estar preso, la querellante llevó un documento al Inspector pidiendo su libertad, porque estaban aguantando hambre y era él quien llevaba el sustento a la casa. El Inspector visitó al preso en la cárcel haciéndolo arrodillar, pedir perdón a su mujer y a sus hijos, exigiéndole que, desde ese día, observara buena conducta. El detenido arrepentido, aceptó. Nunca más llegó una queja en contra del pescador.

Dimes y diretes judiciales

Otra salida del Inspector: al director de la cárcel se le dio por participar con un equipo de fútbol en un campeonato local, incluyendo dos presos en la nómina titular. Cierto fin de semana, uno de los detenidos se escapó sin que nadie se diera cuenta. El director fue detenido.

A las pocas semanas, al Inspector de policía le dijeron donde se encontraba escondido el prófugo en un municipio vecino. Enseguida, se fue acompañado de un policía a dialogar con él para que se entregara, y aceptó volver a la cárcel. El director al poco tiempo recobró su libertad y siempre vivió agradecido por el gesto del Inspector.

De igual manera, ocurrió un caso fuera de lo común. Ante la ausencia del juez promiscuo municipal, el director de la cárcel acudió donde el inspector central de Policía para ponerle en conocimiento sobre la petición de un preso a quien le había fallecido su señora madre en el corregimiento de Candelaria, y quien pedía permiso para asistir al sepelio.

El inspector respondió que el permiso era posible, siempre y cuando el director de la cárcel fuera con un policía, y hasta se ofreció para asistir. El hombre, que estaba preso por abigeato, pudo ir al sepelio y allá lloró prometiendo no ser un mal ejemplo para sus hijos. Cuando entraba la noche, el preso regresó triste a la cárcel, pero muy agradecido con el gesto del Inspector.

También se presentó un hecho que puso en calzas prietas al “funcionario”, y fue la denuncia que presentaron en contra de uno de sus compadres, quien se había robado cinco gallinas para una fiesta donde participó. Citó al compadre a su oficina, lo recriminó y lo conminó a pagar las gallinas en el término de tres días hábiles. Eso le costó al “funcionario” la enemistad con su compadre, quien nunca más le habló, pero sí pagó las gallinas robadas.

Finalmente, estuvo al frente de una denuncia por infidelidad mutua entre una pareja. Ambos llevaron testigos, quienes contaron con pelos y señales lo que venía ocurriendo.

Ante el hecho, el inspector solicitó que se pidieran perdón, se tomaran un tiempo para pensarlo o se separaran porque eran objeto de burla pública. Ante esas propuestas, optaron por la tercera. Ella se fue para su tierra Barranquilla, y él se quedó libre buscando a quien pescar en asuntos del amor, tarea que no fue fácil porque en el pueblo lo bautizaron como ‘El cachón’, a quien le dieron de su propia medicina.

Cabe anotar que estas remembranzas sucedieron cuando quien escribe oficiaba como inspector central de Policía de Chimichagua, siendo alcalde Henry Trespalacios Álvarez, en el periodo comprendido del 19 de abril al 28 de octubre de 1985.

Canasta de ensueños

Finalmente, el Inspector Central de Chimichagua vivió de cerca una historia macondiana, donde Diego Macías Puello, excelso guitarrista nacido en Codazzi, conoció en Chimichagua a María Catalina Peñaloza Palomino, ‘La mirla del Cesar’, una cantadora de tambora de quien se enamoró a primera vista.

De entrada, la pareja tuvo como pista de aterrizaje la canción ‘Canasta de ensueños’, de la autoría del compositor Fernando Meneses y que fuera grabada por Jorge Oñate con el acordeonero Raúl ‘Chiche’ Martínez en el año 1979.

En cada ocasión que se presentaba, Diego cantaba haciendo que todos guardaran silencio para que la canción llegara a los oídos de su amada sin ninguna dificultad. “Si supieras cariñito la falta que tú me haces cuando no estás a mi lado, caminando entre la gente voy perdido en pensamiento, y siento que más te amo”.

María Catalina, con la emoción a millón, corría a su lado y le regalaba un beso en medio del silencio más maravilloso del mundo. Él, tocado por la emoción le continuaba cantando: “Fui descubriendo en caricias, la inocencia de tus años, que el corazón me ha robado, porque estando al lado tuyo con cada beso me siento, al paraíso transportado”. Ya no cabía más espera, hasta que se casaron el cuatro de octubre de 1987.

Este amor cantado nunca decayó, hasta que él cerró sus ojos y se despidió de la vida el 21 de abril del año 2005. Entonces, ella llorando le regresó el canto, ese que los marcó para toda la vida: “Pedacito de mi alma, vivo en cada gesto tuyo, vivo en tu risa y tu llanto, de tormentos hago flores, que en bellos ramos de amores en notas convierto en canto”.

El episodio de novela sucedido en la calle tercera número 6-36 del barrio El Paraíso de Chimichagua, fue casi igual a los vividos por Florentino Ariza y Fermina Daza, pareja a quien Gabriel García Márquez recreó sus amores, sus aventuras, el paso del tiempo, la vejez y hasta la muerte.

En ese paraíso inolvidable de Diego y María Catalina, donde la música nunca huyó de la casa, ellos todos los días se repetían un romántico “Te amo”, como si a ambos se les olvidara, pero no, era el sello de las reales emociones pegadas en sus corazones enamorados. Qué linda esa Chimichagua del ayer.

Por:

Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

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