Enrique Díaz, el juglar que no comía de aplausos

-Durante su vida que tuvo una vigencia de 69 años, pudo darle rienda suelta a su talento natural dando a conocer sus célebres y jocosas frases, esas mismas  que le dieron los mayores reconocimientos al lado de su canto y acordeón-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Contrariando la tesis popular de que los aplausos son el alimento de los artistas, el juglar sabanero Enrique Díaz Tovar ‘El tigre de Maríalabaja’, tenía sus propios argumentos que exponía cuando estaba en parrandas, amenizaba casetas o distintas presentaciones. Es así, como hasta sus últimos días fue fiel a sus condiciones de no tocar su acordeón gratis, razón por la cual no ensayaba.

Una anécdota que ratifica su peculiar condición sucedió en el año 2000, en El Paso, Cesar, cuando en el Festival Pedazo de Acordeón fue invitado a la tarima a realizar una presentación. Al subir el presentador pidió aplausos para el juglar y enseguida él ripostó. “Un momento. Yo no vivo de aplausos porque eso no da pal’ mercado. Si el alcalde se compromete conmigo de inmediato les regalo cuatro o cinco piezas”. El alcalde aceptó.

Enrique Díaz era ingenioso, práctico, claridoso y no se guardaba nada. En alguna ocasión estuvo en Chimichagua, y le llamó la atención una morena que tenía las medidas calculadas para su cuerpo. Al indagar por ella le dijeron que era separada y tenía dos hijos. De inmediato retrocedió en su interés de conquistarla. “Yo no estoy pa’ criá cachorros ajenos, mejor me busco un nido que esté solo”, fue su respuesta.

Cientos de ocurrencias

 Quedaron regadas en el territorio costeño cientos de ocurrencias del juglar campesino de lenguaje original, quien durante su vida se dedicó a mostrar su talento innato y a gozarse la vida a su manera. Aquí algunas sus ocurrencias  que no pensaba mucho para decirlas.

1.- Estaba en una parranda y notó que no había llegado uno de los compadres invitados. Enseguida preguntó por él y le dijeron que la hija se había escapado con el novio. Enrique, previendo la tristeza de su compadre se puso serio y preguntó. ¿Y esa virginidad por qué no la pusieron detrás de la oreja, pa’ evitá tanto peligro?

2.- Iba caminando, pero de repente se metió la mano al bolsillo y sin darse cuenta se le cayó un billete de dos mil pesos. Un niño al ver que se le había caído corrió a llevárselo. Al notar la decencia le dio las gracias, pero le indicó. “Si hubiera sido de 50 mil, no me lo traes corriendo”.

3.- En cierta ocasión lo contrataron para una parranda llevándolo en una lujosa camioneta cuatro puertas con vidrios polarizados y aire acondicionado. Salieron a eso de las cuatro de la tarde, y cuando llevaban más de una hora de viaje le llamó la atención al conductor. “Compa, dele más rápido a este aparato porque está haciendo frío y lo más probable es que se esgargare un aguacero”.

4.- Como solía dar pocas entrevistas, una vez un periodista le preguntó el sitio exacto de su lugar de nacimiento, debido a que se le atribuían varias patrias chicas. Él se lo quedó mirando y manifestó. “Vea compa, pa’ no dar más vueltas, yo nací lejos, por allá en un lugar donde no llegan ni los Testigos de Jehová”.

5.- Estando tocando en la tarima una joven comenzó a jalarle la bota del pantalón y pedirle a gritos una canción de Kaleth Morales. “Maestro, maestro, ‘Vivo en el limbo’, por fa. Maestro, maestro, ‘Vivo en el limbo’, por fa”. El maestro angustiado con la solicitud, paró el conjunto en seco y le dijo. “Vea, muchacha, si tú vives en el limbo, yo vivo en Planeta Rica”.

6.- Alguna vez en una parranda dijo que iba a estrenar una canción que relataba un hecho luctuoso. Comenzó a cantar: “Iban tres personas en un tractor, tres se mataron y el otro perdió la vida”. Enseguida, alguien le llamó la atención diciéndole que los muertos eran tres y no cuatro. Él lo miró fijamente y le ripostó. “Vea, compa, cállese. No sea sapo que usted no iba en ese tractor”.

7.- El maestro compró una motocicleta y se la manejaba uno de sus hijos, quien se encargaba  de transportarlo en Planeta Rica. En cierta ocasión lo llevó a reclamar unos medicamentos. Durante el trayecto el hijo frenó en seco la moto y Enrique Díaz molesto le llamó la atención. No habiendo de otra el hijo le contestó. “Papá, lo que pasa es que el semáforo se puso en rojo”. Ante esto, el juglar manifestó. “Dale rápido que no me puedo demorar. Acaso el semáforo es el que te da la comida pa’ no obedecerme”.

8.- La última historia de sus ocurrencias sucedió unos días antes de despedirse de la vida, el 18 de septiembre de 2014, cuando contaba con 69 años. Su hijo Jaime, contó que le llevó a la clínica una imagen del Divino Niño para que le pidiera por su salud. Enrique se quedó pensativo, mientras que el hijo le insistía. Entonces, después de algunos minutos no se aguantó más siendo elocuente y claro. “Vea hijo, yo no hago negocios con pelaos, y menos si son relacionados con la salud”.

Las vueltas de la muerte

Dentro de esas disertaciones entre jocosas y serías que solía hacer, expresó. “Si uno pudiera negociar con la muerte, no tendría donde esconder la plata porque todos pagaríamos pa’ no morirnos”. Y al final ocurrió así. El maestro Enrique Díaz ni lo intentó, porque estaba destinado para algún día estrenar la famosa ‘Caja negra’.

Cuando lo hizo recibió grandes aplausos, pero esta vez no los escuchó, porque de lo contrario habría soltado su célebre frase: “Un momento, yo no vivo de aplausos porque eso no da pal’ mercado”.

El juglar Enrique Díaz dejó su propio estilo y sus interminables ocurrencias como aquella donde una vez dijo que la fama de Shakira era mentira, porque no la escuchaba sonar en las cantinas.

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