Amigos de lo ajeno cargaron con trofeos ‘Cacique Upar’

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

La noche del sábado 13 de mayo de 2017 en la plaza Alfonso López de Valledupar, se cumplió la premiación para los ganadores del 50° Festival de la Leyenda Vallenata y cuarto Rey de Reyes, en homenaje a Consuelo Araujonoguera, Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona.

…Y como nunca había sucedido a los Reyes de Reyes y Reyes Vallenatos, no se les entregaran sus respectivos trofeos ‘Cacique Upar’ en oro. Solamente, para las fotos se les prestó uno de archivo.

A ellos se les prometió que en los próximos días se les haría llegar a sus lugares de origen. Todos aceptaron sin pensar que los amigos de lo ajeno días antes se los habían robado cuando los transportaban desde Bogotá una empresa de mensajería, creyendo que tenían un alto valor comercial.

De los trofeos que se mandaron a elaborar faltaron los pertenecientes a los Reyes de Reyes de Acordeón y Piqueria: Álvaro López Carrillo y José Félix Ariza Vega, respectivamente; del Rey Infantil, José Alejandro Aldana Vergara, del Rey Juvenil José Juan Camilo Guerra Mendoza y del Rey Aficionado, Daniel de Jesús Holguín Ricardo. Los de plata y bronce si llegaron.

Uno de los protagonistas de esa noche fue el famoso trofeo ‘Cacique Upar’, que haciendo alusión a la Leyenda Vallenata es inmortalizado en una figura de bronce que reciben orgullosos los vencedores de la contienda musical. Este trofeo está a la altura de los grandes acontecimientos mundiales en donde el codiciado premio tiene el más alto valor.

En manos de los Reyes Vallenatos y ahora Reinas del Acordeón, queda el trabajo con acabados modernos y contemporáneos, en los que realiza un proceso normal de fundición para luego ensamblar cada una de las partes y finalmente ubicarlas en una base de madera.

En aquella oportunidad fueron 15 estatuillas en oro, plata y bronce, con un tamaño de 30 centímetros de alto, 12 de ancho, 10 de profundidad y un peso de kilo y medio. Cinco de oro para los primeros lugares, e igual número en plata para los segundos y los mismos para los terceros en bronce.

‘El Cacique Upar’ fue el Jefe de Jefes o Gran Cacique legendario de la tribu del país de los Chimilas, rama chibcha, pobladora de vasto territorio de la costa norte colombiana, concretamente, el Valle entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Cordillera de los Andes, irrigado por el río Cesar. La región Caribe, era gobernada por el supremo Cacique, en quien descansaba la organización y orientación.

A los pocos días, ya solucionado el problema, los trofeos llegaron a las residencias de sus respectivos ganadores y pudieron tomarse fotos, mostrarlo a familiares, amigos, paisanos y ponerlo en el lugar más visible de sus casas.

 Historia macondiana

Esa vez quedó demostrado que en Macondo no todo lo que brilla es oro, y los dueños de lo ajeno se hurtaron un trofeo de bronce con un pequeño baño en oro, cuyo valor es más sentimental que otra cosa. Definitivamente, no coronaron el tesoro dorado del ‘Cacique Upar’.

Precisamente el Rey de Reyes Álvaro López, después de darle a conocer la razón de no entregarle su trofeo en la ceremonia de premiación, sonriendo manifestó. “Vea, y esos ladrones se encartaron con esos aparatos porque no les sirvieron para nada. No supieron lo que se robaron, pero tampoco los devolvieron”.

Todavía no se sabe dónde fueron a parar esos trofeos, pero seguro están en el cuarto del olvido porque cayeron en manos de los que no tocan un acordeón, no componen, no cantan, ni tampoco versean. Y menos saben lo mucho que se esmeran los acordeoneros, acordeoneras, compositores y verseadores para alcanzarlo.

En este sentido se invitó al primer Rey de Reyes de la Piqueria, José Félix Ariza, quien salió damnificado en aquella ocasión, para que lo dijera con un verso. “En el 2017 unos trofeos bien pulidos, de repente se han perdido, creían que eran oro esa gente, cayeron los delincuentes, en un falso positivo”.

Desde aquella ocasión los trofeos ‘Cacique Upar’, no se pierden en el camino, sino que llegan a buenas manos las cuales les dan el valor que tienen y los muestran con orgullo.

Del realismo mágico se seguirán escribiendo crónicas hasta que se agoten las letras, donde se contará que ‘Francisco El Hombre’, le tocó al diablo con su acordeón el credo al revés. O cuando en las noches al Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’, ingresaban personas a hacer rituales fumando tabaco. Entonces, la solución fue llevar a un sacerdote para que con oraciones llamara bendiciones.

También el escritor Gabriel García Márquez, no tuvo otra opción al declarar que su libro ‘Cien años de soledad’, era un vallenato de 350 páginas. Además, que un negro llamado Alejo Durán, estuvo la mayor parte de su vida con un pedazo de acordeón en el pecho, y dos viejos juglares se cansaron de tirarse vainas, hasta que a uno de ellos le cayó la gota fría.

No se robaron los aplausos

Algún día había que contar la historia que tuvo unos protagonistas ocultos en las sombras de su andar, los cuales se coronaron cinco trofeos ajenos que al final como en la canción ´La custodia de Badillo’, del maestro Rafael Escalona, se trataba de rateros honrados. Esa vez lo único que no se pudieron robar fueron los aplausos.

Al final asomarse a los recuerdos de esas historias poco conocidas del Festival de la Leyenda Vallenata, hace posible que los acordeones sigan sonando sin derecho al olvido. Tampoco que nadie les robe sus melodías, esas donde la alegría se conjuga con los más bellos sentimientos adornados con cantos sentados en el pentagrama en forma de paseos, merengues, sones y puyas.

La historia continuará desde cuando Alejandro Durán, Ovidio Granados, Emiliano Zuleta Baquero, Abel Antonio Villa, Antonio ‘Toño’ Salas, Alberto Pacheco, Luis Enrique Martínez y Alcides Moreno, abrieron por primera vez sus acordeones en la plaza Alfonso López de Valledupar. Era el viernes 26 de abril de 1968.

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